1859: POR QUÉ ESPAÑA DECLARÓ LA GUERRA A MARRUECOS (IV)

Por Alfonso Bernad

Las guerras suelen tener una fecha de comienzo.

Sus causas, casi nunca.

La Guerra de África de 1859-1860 comenzó oficialmente en octubre de 1859, pero reducir su origen a los incidentes ocurridos unas semanas antes junto a Ceuta sería demasiado sencillo.

Aquellos hechos fueron el detonante.

Detrás existían años de conflictos fronterizos, agresiones, reclamaciones diplomáticas, dificultades del sultanato para controlar determinadas cabilas, preocupación española por Ceuta y Melilla y, naturalmente, una política exterior del Gobierno de Leopoldo O’Donnell y Joris (presidente del Consejo de ministros de España 1858/1859) que pretendía devolver a España una presencia internacional acorde con la idea que entonces se tenía de su rango histórico.

Todo ello terminó concentrándose en un punto muy concreto de la frontera ceutí.

EL FORTÍN DE SANTA CLARA

Durante el verano de 1859 se realizaban obras destinadas a reforzar las defensas exteriores de Ceuta.

Junto al fortín de Santa Clara, soldados españoles protegían los trabajos cuando grupos de la cabila rifeña de Anyera o Anghera atacaron la posición.

Las fuentes militares describen la agresión contra el destacamento y la destrucción de un escudo o emblema español colocado en las obras.

El hecho poseía una dimensión militar.

Pero tenía también otra, enormemente importante en la mentalidad política del siglo XIX:

era una afrenta a la soberanía y al pabellón español.

El Gobierno de Leopoldo O’Donnell (1809/1867) decidió que esta vez no bastaría con protestar y reparar provisionalmente los daños.

NO ERA EL PRIMER INCIDENTE

Ceuta y Melilla habían sufrido agresiones anteriores.

La historiografía militar española señala enfrentamientos en 1844-1845, 1848, 1853-1854 y 1859.

Por tanto, cuando O’Donnell reaccionó en agosto de 1859 existía una memoria acumulada.

No se trataba solamente de unas piedras derribadas.

Desde la perspectiva del Gobierno, estaba en juego algo más amplio:

si España podía realizar obras dentro del territorio que consideraba propio;

sí Marruecos era capaz de impedir que grupos armados atacasen las posiciones españolas;

y qué valor tenían realmente los acuerdos diplomáticos cuando los incidentes fronterizos se repetían.

Éste es el contexto que explica la intensidad de la reacción española.

O’DONNELL EXIGE UNA REPARACIÓN

El Gobierno remitió un ultimátum diplomático al sultanato.

España exigía reparación de la ofensa, castigo de los responsables y garantías de que las agresiones no volverían a repetirse.

Aquí intervino un acontecimiento inesperado: murió el sultán Muley Abd al-Rahman. Nacido en Fez, 28 noviembre 1789, falleció en la misma ciudad el 28 agosto 1859. Fue el Sultán, Emir, de Marruecos entre 1823 y 1859, pertenecía a la dinastía alauita.

IMAGEN Abderrahman Ben Hicham , Sultán Muley Abd al-Rahman

Su fallecimiento complicó las negociaciones y España amplió los plazos para permitir que el nuevo soberano, Mohammed IV, respondiera a las exigencias formuladas.

La documentación militar señala que las contestaciones finalmente recibidas fueron consideradas insuficientes por O’Donnell.

Hasta este momento todavía existía una salida diplomática.

Pero el margen se estaba cerrando.

¿QUÉ EXIGÍA REALMENTE ESPAÑA?

Éste es un punto donde conviene distinguir propaganda y diplomacia.

La formulación pública española se apoyó fundamentalmente en tres conceptos:

reparación del agravio;

garantías para el futuro;

respeto a la soberanía española.

O’Donnell insistiría posteriormente en que España no emprendía la guerra con un propósito declarado de conquista.

En los debates de octubre de 1859 sostuvo que la cuestión era de derecho internacional: España debía obtener satisfacción por las ofensas recibidas y garantías suficientes para que no se repitiesen. La propia Gaceta de Madrid conserva el debate.

Es importante conservar esta declaración.

Pero tampoco debemos aceptarla de manera acrítica como explicación completa.

Los gobiernos explican sus guerras.

Los historiadores deben investigar además qué otros intereses acompañaban a esas explicaciones.

UNA GUERRA SIN «ESPÍRITU DE CONQUISTA»

El 22 de octubre de 1859, O’Donnell presentó ante las Cortes la decisión de ir a la guerra. O’Donnell se coloca al mando de las tropas, ocupando Tetuán (febrero de 1860). Entre noviembre de 1859 y abril de 1860, la presidencia es asumida interinamente por Saturnino Calderón Collantes

La formulación de Leopoldo sería recordada durante décadas.

Afirmó que España no iba a África impulsada por un espíritu de conquista ni pretendía atacar los intereses europeos; sostenía que el objetivo era defender el honor nacional, obtener garantías para el futuro, reclamar indemnización por los sacrificios realizados y exigir satisfacción por los agravios recibidos. La historiografía militar reproduce esas palabras a partir de las fuentes parlamentarias contemporáneas.

No reproduciremos extensamente el discurso.

Pero su sentido político es claro:

O’Donnell quería presentar la campaña como una guerra limitada y justificada, no como el comienzo de una conquista general de Marruecos.

Esta precisión tenía un destinatario interno.

Y otro internacional.

Imagen: MOHAMMED IV, Moulay Mohammed Ben Abderrahman, conocido como Mohammed IV, Sultán de Marruecos de 1859 a 1873.

EL DESTINATARIO INTERNACIONAL: EUROPA

España no podía actuar en Marruecos como si las demás potencias europeas no existieran.

Francia ocupaba Argelia desde 1830 y tenía crecientes intereses norteafricanos.

Gran Bretaña controlaba Gibraltar y contemplaba con extraordinario interés cualquier alteración del equilibrio en ambas orillas del Estrecho.

Por eso O’Donnell necesitaba que Londres, París y las restantes cancillerías entendiesen que España no pretendía transformar una represalia fronteriza en una anexión que modificase radicalmente el equilibrio mediterráneo.

La investigación basada en los despachos diplomáticos españoles demuestra que Francia y, sobre todo, Gran Bretaña fueron actores fundamentales en el contexto internacional de la crisis de 1859-1860. La correspondencia de los representantes españoles en Londres, París y Tánger permite seguir las preocupaciones de ambas potencias prácticamente paso a paso.

Para comprender Wad-Ras habrá que seguir siempre una relación triangular:

España — Marruecos — potencias europeas.

Y dentro de estas últimas, Gran Bretaña ocupará una posición particularmente importante.

GRAN BRETAÑA Y EL ESTRECHO

Mi opinión sobre la política británica hacia España ya ha quedado expuesta.

No considero que Gran Bretaña haya sido históricamente una potencia neutral ante el debilitamiento o fortalecimiento español.

Ha actuado en defensa de sus propios intereses. Sin aliados permanentes pero con intereses permanentes.

Como hacen las grandes potencias.

Y cuando esos intereses chocaron con los españoles, Londres utilizó los instrumentos que tuvo a su disposición: guerra, Marina, alianzas, diplomacia, finanzas y presión internacional.

Marruecos ofrece un ejemplo muy claro.

Un aumento excesivo de la presencia española en la costa norteafricana podía alterar el equilibrio estratégico alrededor del Estrecho.

Y enfrente estaba Gibraltar.

La bibliografía militar española señala que las potencias europeas reconocieron la gravedad de los incidentes de Ceuta y la necesidad de una reparación, aunque Gran Bretaña mostró reservas ante determinados aspectos de la respuesta española.

Este punto deberá ser investigado posteriormente mediante documentación británica.

Porque después de la victoria española comprobaremos que Londres no observó pasivamente las discusiones sobre Tetuán, la indemnización o la presencia española en Marruecos.

Imagen: Leopoldo O’Donnell y Joris

¿NECESITABA O’DONNELL UNA GUERRA?

Ésta es una de las cuestiones historiográficas más discutidas.

Una explicación clásica sostiene que O’Donnell vio en la política exterior una manera de cohesionar políticamente España y fortalecer a la Unión Liberal y a la monarquía de Isabel II.

No debe confundirse esto con afirmar que el Gobierno «inventó» los incidentes de Ceuta.

Los incidentes existieron.

También existía una conflictividad fronteriza previa.

Pero un acontecimiento real puede ser utilizado políticamente.

Un estudio reciente sobre la política nacionalizadora de la Unión Liberal señala precisamente que la Guerra de África fue integrada en una estrategia de legitimación gubernamental y monárquica construida alrededor del honor nacional, el catolicismo y una misión civilizadora.

Otra historiografía coloca la campaña dentro de las llamadas guerras de prestigio de O’Donnell: Marruecos, Cochinchina, México y las intervenciones posteriores en América formaban parte del intento de recuperar visibilidad internacional para una España que ya no era la gran potencia de siglos anteriores.

Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Podía existir un agravio real.

Y podía existir un aprovechamiento político del conflicto.

UNA GUERRA EXTRAORDINARIAMENTE POPULAR

Hay un dato que debe evitarse interpretar retrospectivamente.

La Guerra de África gozó inicialmente de una enorme popularidad en España.

No fue simplemente la aventura personal de O’Donnell.

La victoria final le valió el título de duque de Tetuán con Grandeza de España. Además, el rey Carlos XV de Suecia le nombró caballero de la Orden de los Serafines el 12 de julio de 1860

Los apoyos atravesaron buena parte del espectro político.

La prensa, la literatura, el teatro, las canciones y la movilización popular convirtieron la campaña en un acontecimiento nacional. La historiografía ha estudiado extensamente esta movilización y su papel en la construcción del nacionalismo español del periodo.

Incluso sectores políticamente enfrentados al Gobierno se sumaron al esfuerzo.

Cataluña aportaría voluntarios.

Las provincias vascas organizarían también fuerzas propias en medio de delicadas discusiones sobre sus fueros y obligaciones militares.

Y Juan Prim pediría participar en el lugar de mayor riesgo.

España entró en guerra bajo una ola de entusiasmo que hoy resulta difícil imaginar.

Después llegarían el barro.

Las enfermedades.

El cólera.

Los muertos.

Y una paz que no satisfaría a todos.

Imagen: Leopoldo O’Donnell en 1867, retrato recién redescubierto de Raimundo Madrazo Comandancia General de Ceuta

EL 22 DE OCTUBRE DE 1859

La fecha política fundamental es 22 de octubre de 1859.

O’Donnell explicó ante las Cortes las razones de la guerra y obtuvo un respaldo extraordinariamente amplio.

La campaña fue presentada como respuesta a una serie de agravios que España ya no estaba dispuesta a tolerar.

La declaración oficial de guerra sería recibida en todo el país mediante manifestaciones de apoyo, ofrecimientos económicos y declaraciones patrióticas. La propia Gaceta de Madrid recoge numerosos testimonios de aquel entusiasmo.

Esto debe recordarse cuando posteriormente se juzgue la política de O’Donnell.

La guerra no comenzó siendo impopular.

Todo lo contrario.

¿GUERRA DEFENSIVA O GUERRA DE PRESTIGIO?

La respuesta más rigurosa probablemente sea:

las dos cosas, aunque en proporciones discutibles.

Había un problema fronterizo verdadero.

España tenía derecho a exigir seguridad para Ceuta y Melilla.

Habían existido ataques.

Existían acuerdos cuyo cumplimiento era deficiente.

Y Marruecos tenía dificultades evidentes para ejercer autoridad sobre determinadas cabilas.

Pero O’Donnell comprendió también que una guerra victoriosa podía proporcionar prestigio internacional y cohesión nacional.

Ésta será una de las cuestiones que debemos mantener abiertas durante todo el ensayo.

No imponer primero una conclusión y seleccionar después los documentos que la confirmen.

Sino observar qué explicación resiste mejor cuando ponemos unas fuentes frente a otras.

¿ERA MARRUECOS RESPONSABLE DE LO QUE HACÍAN LAS CABILAS?

Ésta es otra cuestión central.

Desde la perspectiva marroquí podía alegarse que determinadas cabilas actuaban con considerable autonomía.

Desde la perspectiva española, aquel argumento tenía un límite evidente.

España negociaba tratados con el sultán.

Si Marruecos se presentaba como soberano del territorio vecino, debía asumir también la responsabilidad de garantizar que desde ese territorio no se atacasen las plazas españolas.

No podía reclamarse soberanía cuando convenía y alegar impotencia cuando llegaba el momento de cumplir las obligaciones derivadas de ella.

Ésta, al menos, era la lógica de Madrid.

Y constituye uno de los problemas clásicos del derecho internacional del siglo XIX: la diferencia entre soberanía nominal y control efectivo.

Volveremos sobre ella.

CEUTA COMO DETONANTE; MARRUECOS COMO PROBLEMA MÁS AMPLIO

Por eso sería incorrecto titular esta guerra simplemente como resultado de «un incidente de Ceuta».

Ceuta fue el detonante.

Detrás estaba el conjunto de las relaciones hispano-marroquíes.

Melilla.

Los límites.

Las cabilas.

La seguridad de las plazas.

La autoridad del Majzén.

La posición española en el Mediterráneo.

La política de prestigio de O’Donnell.

Francia.

Gran Bretaña.

Gibraltar.

Y una España que, después de décadas de guerras civiles y convulsiones internas, quería volver a aparecer ante Europa como una nación capaz de defender por las armas aquello que consideraba suyo.

LA GUERRA COMIENZA

O’Donnell no se limitaría a dirigir la política desde Madrid.

Asumiría personalmente el mando del ejército expedicionario, dejando temporalmente la presidencia del consejo de ministros.

La campaña sería dura.

Mucho más dura de lo que sugería el entusiasmo inicial.

Las condiciones meteorológicas, el terreno, las deficientes comunicaciones y, sobre todo, las enfermedades causarían enormes pérdidas. La historiografía ha destacado que el cólera produjo más bajas que los propios combates, convirtiéndose en uno de los aspectos más dramáticos de la expedición.

Pero también surgirían victorias que ocuparían durante generaciones la memoria española:

Castillejos.

Tetuán.

Wad-Ras.

Y entre los nombres asociados a ellas sobresaldría uno.

Juan Prim y Prats.

Antes de llegar al Tratado de Paz tendremos que seguir al ejército español desde Ceuta hasta Tetuán y Wad-Ras.

Porque un tratado no puede comprenderse plenamente sin conocer la situación militar desde la que fue negociado.

Marruecos no firmó Wad-Ras en abstracto.

Lo firmó después de haber perdido Tetuán y después de una campaña en la que el ejército español había avanzado hasta colocar al sultanato ante la perspectiva de una continuación de la guerra.

El próximo capítulo será, por tanto, el de la Guerra de África de 1859-1860: el ejército, la campaña, Castillejos, Tetuán y Wad-Ras.

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