El Hispanismo Revolucionario

Por Cristina Pérez , Presidente de ARAD

Discurso pronunciado por Cristina Pérez, el pasado 13 de octubre de 2026 en la Jornada de la Hispanidad realizada en Madrid.

Amigos, amigas, compatriotas de ambos lados del Atlántico:

No quiero empezar mi intervención sin mencionar al valiente pueblo de Ceuta y en especial a las mujeres caballas que, aprovecho para insistir en la necesidad de acudir el 25 de octubre a la manifestación que han convocado en Atocha a las 11,30 horas. YO VOY.

No podemos olvidar nunca que Ceuta es España y España es Ceuta, aunque nuestro gobierno si lo hace, distrayendo la atención de una acampada invasora con otras acampadas folclóricas. Hoy, afortunadamente, aunque algo tarde, nuestro soberano se ha dignado a visitar las españolísimas Ceuta y Melilla por muy mal que paradójicamente le parezca al gobierno español y al “defensor de las libertades” rey de Marruecos, más preocupado de la final de un mundial que de su propio pueblo.

Y siguiendo con las paradojas quiero empezar con una pregunta sencilla. ¿Qué es una comunidad de casi seiscientos millones de personas que comparten lengua, tradición, fe, cultura pero que no actúa como una comunidad?

Esa es la paradoja hispánica. Somos una de las mayores comunidades culturales y demográficas del planeta. Y, sin embargo, seguimos fragmentados, dependientes de centros de poder ajenos en tecnología, en finanzas y en defensa. Demasiadas veces, enfrentados entre nosotros.

Miren a su alrededor. El inglés funciona como infraestructura de la hegemonía anglosajona. El mandarín acompaña la expansión china. La francofonía es un instrumento diplomático y económico de Francia. Y el español, con toda su escala, sigue sin traducir su tamaño en poder.

Por eso hoy quiero decirlo con claridad: la cuestión ya no es si existe la Hispanidad. La Hispanidad Existe. Está en nuestras ciudades, en nuestras universidades, en nuestra manera de hablar y de pensar. La cuestión es si seremos capaces de convertir esa realidad histórica en un sujeto con voluntad propia. El problema del hispanismo ya no es de identidad. Es de poder.

Tenemos un punto de partida del que pocos pueden presumir. En el siglo XVI, mientras otros imperios solo expoliaban, España con la Escuela de Salamanca, se planteaba si aquello que se hacía era justo. Pusieron las bases del derecho internacional moderno: la legitimidad de los pueblos, la dignidad de toda persona, los límites morales del poder.

No fue una historia perfecta. Ninguna lo es. Pero nos dejó una idea que hoy vale oro: el poder solo es legítimo cuando reconoce la dignidad humana y sirve al bien común.

Ahora bien, el humanismo solo no basta. Ese ha sido el gran error de muchos hispanistas:  creer que reivindicar la cultura cambia por sí mismo las relaciones de poder.

La historia enseña lo contrario. Las civilizaciones sobreviven cuando pueden producir riqueza, innovar, defenderse y proyectar influencia. Cuando pierden esa capacidad, su cultura acaba al servicio de otros.

Marcelo Gullo lo explicó con su idea de la insubordinación fundante. El mundo no es una comunidad armoniosa de iguales, sino una JERARQUIA. Nadie sale de la periferia por concesión ajena. Se sale por decisión política propia, acumulando poder con paciencia y con estrategia.

Y Gullo nos pone ante una imagen que no admite evasivas. En la mesa del poder mundial solo hay dos lugares posibles: SENTARSE A ELLA O SERVIRLA. Los que se sientan deciden el menú, reparten los platos y fijan las reglas. Los que sirven llevan las bandejas, recogen lo que sobra y aplauden decisiones que otros han tomado.

Durante dos siglos, el mundo hispánico ha servido la mesa. Hemos regalado materias primas, mano de obra, mercados cautivos y votos dóciles en los foros internacionales. Y nos han convencido de que eso era lo natural, de que no estábamos hechos para sentarnos.

Pues yo les digo: nadie nos va a ofrecer una silla. La silla se conquista. Ninguna potencia se ha sentado nunca a esa mesa por invitación, sino por decisión propia. Esa es la insubordinación fundante: el día en que un pueblo deja de pedir permiso.

Y, como advertía Gustavo Bueno, no se trata de restaurar un imperio desaparecido, sino de entender qué lo hizo fecundo y traducirlo al siglo XXI.

Y aquí llegamos al corazón de lo que nos hace revolucionarios.

Durante demasiado tiempo, hablar de Hispanidad fue hablar de himnos, de efemérides y de estatuas, mientras millones de hispanos siguen atrapados en la desigualdad, la precariedad y la dependencia. Un hispanismo que ignora la vida material de sus pueblos es solo retórica.

Ninguna comunidad se sostiene sobre la pobreza estructural, la corrupción o la destrucción de sus clases medias. Por eso la justicia social no es para nosotros una concesión ideológica. Es una condición de supervivencia.

Nuestro proyecto descansa sobre cuatro pilares:

Libertad. No el individualismo aislado, sino la capacidad real de las personas y de las naciones para decidir su destino. Libertad frente a los relatos impuestos y frente a las oligarquías.

Dignidad. El rechazo rotundo al complejo de inferioridad que nos inocularon durante siglos. El hispano no es un ser defectuoso que deba imitar a otros.

Integridad. Coherencia moral en las instituciones. Reconocer luces y sombras, sin autoengaño y sin victimismo.

Justicia social. De raíz hispana: ni capitalismo salvaje ni estatismo clientelar. Dignidad, mérito, solidaridad y oportunidad para todos.

¿Cómo se construye, entonces, un polo de poder hispánico? No con improvisación, sino con una arquitectura a largo plazo.

Primero, la lengua y la tecnología. El español es un sistema operativo civilizatorio: abarata el comercio y permite que un ingeniero de Lima trabaje en Madrid. Y en la era de la inteligencia artificial, quien controla los modelos de lenguaje controla el conocimiento. Necesitamos cooperación panhispánica en inteligencia artificial, datos y ciberseguridad.

Segundo, la integración económica. Tenemos recursos, posición geográfica y una población joven, pero comerciamos poco entre nosotros. Necesitamos cadenas de valor propias, corredores logísticos y homologación de títulos.

Y todo ello en un mundo que se reordena a toda velocidad. Las regiones sin autonomía estratégica volverán a ser tablero de juego de otros.

El mundo hispánico tiene que decidir si quiere seguir siendo periferia administrada o convertirse en actor con voz propia. Dicho con la imagen de Gullo: si quiere sentarse por fin a la mesa o seguir sirviéndola.

Pero ninguna estructura material resiste sin legitimidad. Durante siglos interiorizamos una Leyenda Negra que nos enseñó a avergonzarnos de nuestro origen. Recuperar una memoria equilibrada no es negar errores ni idealizar el pasado. Es entender que ningún pueblo construye futuro si considera ilegítimo su propio nacimiento.

Y quiero ser muy clara en algo. El hispanismo revolucionario rechaza cualquier centralismo peninsular trasnochado. España no es la metrópoli y América la periferia. Los hispanos de México, Argentina, Colombia, Perú o Chile no son hijos menores: son copropietarios de la misma herencia, con idéntica dignidad y la misma responsabilidad.

Madrid es tan capital hispánica como Ciudad de México, Buenos Aires, Bogotá, Lima o Santiago. El gaucho, el charro, el paisa, el limeño y el castellano son expresiones igual de legítimas de una misma civilización.

Defendemos con orgullo la idea de Madre Patria, pero sin tutelas. Esa madre no dio a luz hijos eternamente dependientes, sino naciones adultas que han transformado y enriquecido el legado común. Todos somos hijos de la misma madre civilizatoria. Ninguno es más hijo que otro.

Para conseguir ese polo de poder geopolítico que propugnamos,  hacen falta tres revoluciones a la vez: una revolución cultural y educativa que recupere el orgullo; una revolución económica que integre con pragmatismo a nuestras naciones; y una revolución política que cree mecanismos de cooperación sin suprimir ninguna soberanía.

El siglo XXI no espera a quienes dudan eternamente de sí mismos. Cada década de fragmentación nos quita margen de maniobra. Tenemos la gente, los recursos y la cultura. Nos falta la voluntad. La mesa está puesta, y la pregunta es la misma que hace doscientos años: ¿vamos a sentarnos o vamos a seguir sirviendo?

Porque el HISPANISMO REVOLUCIONARIO no es nostalgia del pasado: es VOLUNTAD DE FUTURO.

No es REFUGIO SENTIMENTAL: es proyecto de civilización. Y solo cuando LO ASUMAMOS la Hispanidad dejará de ser recuerdo para volver a ser historia activa.

Ha llegado la hora de dejar de ser espectadores. Ha llegado la hora de ser protagonistas.

¡Viva la Hispanidad! ¡Viva el Hispanismo Revolucionario!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio