EL EJÉRCITO DE ÁFRICA: DE CEUTA A WAD-RAS (V)

Por Alfonso Bernad

La guerra ya estaba decidida.

A partir de octubre de 1859, la cuestión dejó de ser únicamente diplomática. España debía trasladar a la costa africana un ejército considerable, sostenerlo, abastecerlo y conducirlo desde Ceuta hacia el interior, en un terreno difícil y bajo unas condiciones sanitarias que terminarían causando más estragos que muchas de las propias batallas.

La campaña de 1859-1860 produjo nombres que permanecieron durante décadas en la memoria española:

Castillejos. Tetuán. Wad-Ras.

Y también convirtió a determinados militares en figuras nacionales.

Leopoldo O’Donnell dirigió personalmente el Ejército de África.

Juan Prim alcanzó en Castillejos una popularidad extraordinaria.

Antonio Ros de Olano, Rafael Echagüe y Juan de Zabala estuvieron entre los principales mandos de una fuerza expedicionaria cuya victoria militar sería mucho más clara que la interpretación política posterior de sus resultados.

El general Juan Prim y Prats (1814-70). Pintor Francisco Sans Cabot 1865.

Curioso puede ser hora descubrir el origen de algunos nombres de nuestras plazas y callejero en toda España.

Pero antes de las cargas de caballería y de los cuadros de Fortuny hubo que poner un ejército en campaña.

EL EJÉRCITO EXPEDICIONARIO

El Gobierno organizó el denominado Ejército de África bajo el mando directo de O’Donnell, presidente del Consejo de ministros y ministro de la Guerra.

La fuerza se estructuró inicialmente en varios cuerpos de ejército y una división de reserva. Entre sus principales mandos figuraban:

I Cuerpo de Ejército — Rafael Echagüe.

II Cuerpo de Ejército — Juan de Zabala.

III Cuerpo de Ejército — Antonio Ros de Olano.

División de Reserva — Juan Prim.

A estas fuerzas se sumarían artillería, ingenieros, caballería, servicios sanitarios y unidades de apoyo, además de los contingentes que fueron llegando durante la campaña.

Las cifras de efectivos varían según el momento que se tome como referencia y según los autores. El ejército inicial estuvo en torno a los 35.000-40.000 hombres, pero las incorporaciones posteriores elevaron considerablemente la fuerza total movilizada durante el conflicto.

No es conveniente ofrecer una única cifra como si el Ejército de África hubiese mantenido el mismo número de hombres desde noviembre de 1859 hasta marzo de 1860.

No lo hizo.

Hubo bajas, enfermos, reemplazos y nuevas unidades enviadas desde la Península.

Ese movimiento permanente de hombres será decisivo cuando estudiemos las consecuencias sanitarias de la campaña.

CEUTA: LA BASE DE OPERACIONES

El ejército desembarcó en Ceuta.

La ciudad debía convertirse en base logística de una fuerza mucho mayor que su guarnición habitual.

Había que acumular alimentos, municiones, animales, material de fortificación, hospitales, tiendas y medios de transporte.

Y apareció inmediatamente uno de los grandes problemas de la expedición:

el terreno.

La campaña debía desarrollarse en una estrecha franja entre las montañas y el mar, con caminos deficientes, cursos de agua, barro y zonas que durante el invierno podían resultar extraordinariamente difíciles para hombres, artillería y convoyes.

El ejército español estaba cerca de la Península.

Pero eso no significaba que pudiera ser abastecido fácilmente una vez iniciado el avance.

La Marina tendría, por ello, un papel esencial acompañando la marcha por la costa y facilitando suministros y apoyo artillero cuando fuese posible.

UN SEGUNDO ENEMIGO

Antes de producirse las grandes batallas, el Ejército de África comenzó a enfrentarse a un enemigo que no figuraba en los planes de campaña.

El cólera.

Los primeros casos aparecieron en las concentraciones próximas a Ceuta y la epidemia se propagó rápidamente entre tropas alojadas en campamentos húmedos, masificados y sometidos a condiciones higiénicas precarias.

Un estudio específico sobre el servicio sanitario militar durante la guerra ofrece una cifra reveladora: frente a unas 6.146 bajas en acciones de guerra, entre muertos y heridos, se registraron aproximadamente 12.500 afectados por el cólera, de los cuales 2.377 fallecieron. Los propios autores advierten que existen diferencias entre las estadísticas conservadas, pero la conclusión no cambia: la enfermedad tuvo una incidencia extraordinaria.

El historiador Joan Serrallonga ha señalado igualmente que el cólera produjo el mayor número de bajas del cuerpo expedicionario y convirtió la campaña sanitaria en uno de los aspectos más dramáticos de la guerra.

La epidemia alcanzó incluso a altos mandos.

Entre los afectados estuvieron Prim y Ros de Olano. También enfermó personal médico encargado precisamente de atender a los soldados.

La guerra tenía, por tanto, dos frentes.

Uno estaba delante del ejército.

El otro estaba dentro de sus propios campamentos.

DEL SERRALLO AL AVANCE

Entre noviembre y diciembre de 1859 las tropas españolas consolidaron posiciones en el exterior de Ceuta.

Los combates en torno al Serrallo y otras posiciones permitieron asegurar progresivamente el terreno necesario para abandonar el cinturón defensivo inmediato de la ciudad.

La operación no fue sencilla.

El ejército marroquí y las fuerzas tribales podían aprovechar el terreno, hostigar columnas y dificultar las comunicaciones.

Además, el invierno convirtió algunos desplazamientos en auténticas pruebas de resistencia.

La imagen posterior de una campaña compuesta únicamente por grandes victorias oculta semanas de escaramuzas, vigilancia, construcción de caminos y reductos, convoyes, enfermedades y pequeños combates.

La guerra se ganaba también con zapadores, médicos, conductores de carros y soldados que protegían las comunicaciones.

1 DE ENERO DE 1860: CASTILLEJOS

El primer gran nombre de la campaña fue Castillejos.

El 1 de enero de 1860, el ejército español se enfrentó a importantes fuerzas marroquíes cuando continuaba su avance desde Ceuta hacia Tetuán.

La batalla duró varias horas.

La Comandancia General de Ceuta recuerda oficialmente que las fuerzas mandadas por Prim combatieron durante unas ocho horas antes de imponerse.

Pero Castillejos quedó asociado sobre todo a Juan Prim y Prats.

El general Prim, a caballo, en la batalla de los Castillejos. Atribuido a Henri Alexandre George Regnault, Museo del Pardo

Prim mandaba la División de Reserva.

En un momento crítico de los combates intervino personalmente para sostener el avance de sus tropas. La acción fue posteriormente magnificada por crónicas, grabados, discursos y pinturas, pero debajo del mito existía un hecho militar verdadero: Prim asumió un protagonismo directo en una batalla especialmente dura y contribuyó decisivamente a mantener la ofensiva española.

A partir de aquel día comenzó la transformación del general en héroe popular de la Guerra de África.

No nos detendremos todavía en todos sus episodios.

Prim tendrá su propio capítulo.

Pero Castillejos explica por qué el político y militar catalán salió de aquella guerra con una dimensión nacional muy superior a la que tenía cuando había embarcado.

El título de marqués de los Castillejos conservaría después el recuerdo de aquella jornada.

LA POLÍTICA DE LOS SÍMBOLOS

La campaña fue seguida en España con enorme atención.

Las noticias de Castillejos produjeron entusiasmo.

Las victorias eran celebradas públicamente.

Los nombres de los generales comenzaron a aparecer en calles, canciones, publicaciones y representaciones artísticas.

La guerra se convirtió así en algo más que una operación militar.

Era también una representación nacional.

La prensa necesitaba héroes.

El Gobierno necesitaba victorias.

Y una parte importante de la sociedad española deseaba creer que el país recuperaba después de décadas de conflictos internos una capacidad de actuación exterior que parecía perdida.

Castillejos proporcionó el primer gran relato.

Tetuán proporcionaría el segundo.

Zona de Operaciones. MMM

CAMINO DE TETUÁN

Después de Castillejos, el ejército continuó hacia el sur.

La marcha seguía aproximadamente la costa, mientras las fuerzas marroquíes intentaban contener o retrasar el avance.

Las lluvias y el mal estado del terreno complicaron extraordinariamente los movimientos.

La artillería, los convoyes y los animales debían avanzar por caminos improvisados.

Fue necesario construir puentes, abrir pasos y proteger continuamente las líneas de abastecimiento.

La guerra de África se convirtió parcialmente en una campaña de ingeniería.

Este aspecto merece recordarse porque las representaciones pictóricas posteriores concentran toda la atención sobre las cargas y las banderas.

Sin carreteras improvisadas, suministros y hospitales, aquellas cargas no habrían llegado muy lejos.

4 DE FEBRERO: LA BATALLA DE TETUÁN

El 4 de febrero de 1860 se libró la batalla decisiva ante Tetuán.

El Ejército español consiguió romper las posiciones marroquíes y obligó al adversario a retirarse.

La victoria abrió el camino hacia la ciudad.

El Museo del Ejército señala que en las posiciones ocupadas fueron capturadas 140 piezas de artillería. Parte del bronce de los cañones tomados sería utilizado posteriormente para fundir los célebres leones del Congreso de los Diputados. El autor fue Ponciano Ponzano, 1872, construidos en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla.

Es uno de esos detalles en los que un acontecimiento militar termina convertido en monumento político.

Los dos leones situados ante la sede de la soberanía parlamentaria española tienen, por tanto, una conexión física con la Guerra de África.

No son simplemente una alegoría. Su metal procede, en parte, de aquella campaña.

TETUÁN

Pocos días después, las tropas españolas entraron en Tetuán.

La caída de la ciudad cambió completamente la situación militar y diplomática.

Hasta entonces Marruecos podía confiar en detener la expedición o al menos hacer demasiado costoso su avance.

Después de Tetuán, esa esperanza se debilitó considerablemente.

España controlaba una de las principales ciudades del norte marroquí y disponía ahora de una garantía territorial extraordinariamente valiosa para cualquier negociación.

Por eso Tetuán será mucho más que una victoria.

Será una moneda diplomática.

La ciudad permanecerá ocupada incluso después de terminada la guerra y no será evacuada hasta 1862.

Su posesión quedó vinculada al pago de indemnización.

¿HABÍA TERMINADO LA GUERRA?

Podría haberlo parecido.

Marruecos había perdido Tetuán.

España tenía una posición excelente desde la que negociar.

Hubo contactos.

Pero no se alcanzó inmediatamente un acuerdo.

El problema era sencillo de formular y difícil de resolver:

¿hasta dónde estaba dispuesta a llegar España?

Una guerra cuyo objetivo declarado había sido obtener reparación y seguridad para las plazas podía transformarse, después de las victorias, en algo diferente.

¿Tánger?

¿Una ocupación territorial más amplia?

¿Mantener Tetuán?

¿Imponer únicamente una indemnización y nuevas garantías?

Cada opción tenía consecuencias.

Y Londres y París observaban.

EL FACTOR BRITÁNICO

Aquí comienza a hacerse visible una cuestión que aparecerá repetidamente en nuestro trabajo.

España estaba combatiendo contra Marruecos.

Pero no negociaba en un vacío internacional.

Una ocupación permanente de Tetuán o un avance hacia Tánger podía alterar el equilibrio estratégico del Estrecho.

Gran Bretaña tenía Gibraltar.

Y no contemplaba con indiferencia la posibilidad de que España obtuviese una posición mucho más poderosa en la orilla africana.

No es necesario convertir cada decisión española en resultado de una imposición británica.

Sería históricamente excesivo.

Pero tampoco puede comprenderse la negociación de la paz ignorando la presión del sistema internacional y, particularmente, los intereses británicos.

Cuando estudiemos las negociaciones de marzo y abril tendremos que comprobar documentalmente qué pidió Londres, qué aceptó Madrid y hasta qué punto las limitaciones impuestas a los objetivos españoles procedieron de decisiones propias o de condicionantes exteriores.

Ésa es una cuestión distinta de la batalla.

Pero las batallas estaban creando precisamente ese problema diplomático.

ZONA DE OPERACIONES

Guerra Hispano-marroquí (1859-1860). Mapa del teatro de operaciones. (IEI)

23 DE MARZO: WAD-RAS

El ejército continuó sus operaciones.

La última gran batalla de la campaña tuvo lugar el 23 de marzo de 1860, en Wad-Ras.

Las fuerzas españolas volvieron a imponerse.

La historiografía contemporánea considera la batalla el episodio que despejó definitivamente la posibilidad de continuar hacia Tánger y aceleró las negociaciones de paz.

Wad-Ras fue un combate duro.

Las estadísticas de bajas difieren según las fuentes, pero no se trató de una operación simbólica ni de una escaramuza final.

El ejército marroquí todavía podía combatir.

España volvió a demostrar superioridad táctica suficiente para avanzar.

Y esto explica la rapidez de lo que sucedió inmediatamente después.

DOS DÍAS

El 23 de marzo se libró Wad-Ras.

El 25 de marzo se firmaron las bases preliminares de paz.

La proximidad de ambas fechas dice mucho.

Marruecos negociaba después de perder una nueva batalla.

España negociaba después de demostrar que podía continuar avanzando.

Y, sin embargo, no continuó hacia una conquista indefinida.

Aquí comienza otra historia.

Una historia diplomática.

EL BALANCE HUMANO

Antes de abandonar el campo de batalla debemos detenernos en las bajas.

Porque la imagen triunfal de la guerra puede ocultar su precio.

Existe una importante disparidad estadística entre autores, sobre todo dependiendo de si se contabilizan:

  • muertos inmediatos en combate;
  • fallecidos posteriormente por heridas;
  • enfermos;
  • bajas por cólera;
  • inválidos;
  • el total de atendidos en hospitales.

Una estimación historiográfica utilizada en trabajos recientes sitúa las pérdidas españolas alrededor de 7.777 hombres, incluyendo 2.121 muertos vinculados a acciones de combate, 4.899 por cólera y 757 inválidos, aunque estas cifras no coinciden exactamente con otras series médicas contemporáneas.

Otros estudios sanitarios calculan 12.500 enfermos de cólera y 2.377 fallecimientos por esa enfermedad, frente a 6.146 bajas entre muertos y heridos en combate.

No debemos forzar una falsa precisión allí donde las fuentes no la permiten.

Lo importante es la conclusión común:

la enfermedad produjo una devastación extraordinaria y el coste humano de la campaña fue muy superior al que sugieren las grandes pinturas de victorias militares.

Serrallonga recoge estimaciones contemporáneas en las que la mortalidad por enfermedad representa aproximadamente entre dos tercios y más del setenta por ciento de determinados cálculos de fallecidos durante la campaña.

La gloria tenía hospitales detrás.


FORTUNY: UN TESTIGO CON PINCELES

La Guerra de África dejó además una excepcional memoria visual.

La Diputación de Barcelona envió a Mariano Fortuny para documentar la participación de los voluntarios catalanes.

Fortuny no fue simplemente un pintor que reconstruyera décadas después una guerra que nunca había visto.

Estuvo en África.

Observó uniformes, paisajes, combatientes y movimientos militares.

De aquella experiencia surgieron numerosos dibujos y obras posteriores.

Su Batalla de Wad-Ras, realizada en 1860-1861 y conservada en el Museo del Prado, constituye una de las imágenes más próximas al carácter de testimonio visual que podemos utilizar para este capítulo.

No debemos confundir pintura histórica con fotografía documental.

Fortuny interpreta.

Selecciona.

Compone.

Pero había visto el escenario y a sus protagonistas.

Eso le concede un valor distinto del de muchas reconstrucciones académicas posteriores.

¿UNA GRAN VICTORIA?

Militarmente, sí.

España había vencido en las principales acciones.

Había ocupado Tetuán.

El ejército marroquí no había conseguido detener el avance.

La posibilidad de continuar hacia Tánger era real.

Por eso no existe dificultad en hablar de victoria militar española.

La discusión comienza cuando preguntamos:

¿qué obtuvo España políticamente de esa victoria?

Ahí aparecen las opiniones enfrentadas.

Para unos, Wad-Ras consiguió objetivos razonables sin embarcar al país en una ocupación colonial que podía resultar ruinosa y provocar un conflicto europeo.

Para otros, después del esfuerzo realizado, la paz fue insuficiente.

De esa discrepancia surgió la conocida idea de la:

«guerra grande y paz chica».

Pero sería prematuro emitir sentencia.

Todavía no hemos leído las condiciones que estaban negociándose.

LOS HOMBRES DE LA CAMPAÑA

Cinco nombres deben quedar fijados antes de pasar a la paz:

Leopoldo O’Donnell, jefe del Gobierno y comandante del Ejército de África.

Juan Prim, cuyo comportamiento en Castillejos le convirtió en uno de los grandes protagonistas populares.

Antonio Ros de Olano, militar, político y escritor, al frente del III Cuerpo.

Juan de Zabala, jefe del II Cuerpo.

Rafael Echagüe, que mandó el I Cuerpo durante una parte fundamental de la campaña.

No fueron los únicos.

La guerra movilizó a miles de oficiales y soldados cuyos nombres apenas sobrevivieron fuera de las historias regimentales.

Pero éstos formaron el núcleo superior de mando alrededor del cual se construyó posteriormente el relato político de la victoria.

PRIM MERECE UN CAPÍTULO PROPIO

Prim aparece continuamente.

Su actuación militar, su relación con los voluntarios catalanes, el episodio de Castillejos, las arengas, su enorme popularidad después de la guerra y, sobre todo, la experiencia política que obtuvo en Marruecos merece un tratamiento independiente.

Nos interesa Prim porque después se convertirá en presidente del Consejo de ministros y uno de los hombres decisivos de la Revolución de 1868.

Cuando murió en diciembre de 1870 desapareció un político español que conocía directamente el norte de África no desde un despacho, sino desde el campo de batalla y la negociación política.

Eso tendrá interés para la tesis general de esta serie.

Pero todavía faltaban diez años.

DEL CAMPO DE BATALLA A LA MESA DE NEGOCIACIÓN

El 23 de marzo de 1860 las armas hablaron por última vez en una gran batalla.

Dos días después comenzaron a hablar los diplomáticos.

O’Donnell se encontraría con Muley el-Abbás, hermano del sultán y principal negociador marroquí.

El resultado inmediato serían las Bases preliminares del 25 de marzo.

Un mes más tarde llegaría el Tratado definitivo de 26 de abril.

El ejército había llevado a España hasta la mesa.

Ahora había que decidir cuánto valían:

Castillejos, Tetuán, Wad-Ras, los muertos, los enfermos y la ocupación de una ciudad marroquí.

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