Por Alfonso Bernad
Una frontera puede estar jurídicamente delimitada y, sin embargo, continuar siendo políticamente inestable.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en Melilla después de los acuerdos de 1862 y 1863.
Sobre el papel, la cuestión parecía resuelta.
Sobre el terreno, no.
Durante las décadas siguientes, la relación entre la plaza española, las cabilas rifeñas y el Majzén continuó siendo conflictiva. Y en 1893 una disputa aparentemente concreta —la construcción de un fuerte— volvió a poner sobre la mesa los mismos problemas que Wad-Ras había pretendido resolver treinta años antes:
dónde terminaba el territorio español;
qué podía construir España dentro de él;
qué autoridad ejercía realmente el sultán sobre las cabilas;
y quién debía responder cuando desde territorio marroquí se atacaba una plaza española.
UNA FRONTERA PACTADA
La delimitación de Melilla no descansaba en un único documento. Era el resultado acumulado de una secuencia de acuerdos hispano-marroquíes.
A finales del siglo XIX todavía se realizaron operaciones de replanteo para precisar sobre el terreno aquel perímetro. El propio Gobierno español, en una respuesta parlamentaria de 2022 sobre las fronteras actuales de Ceuta y Melilla, enumeró estos tratados como parte de la base jurídica histórica de la frontera y añadió el Acta de replanteo de los límites jurisdiccionales de Melilla de 1 de mayo de 1891.
Esto es importante.
La crisis que estallaría dos años después no surgió en un espacio carente de delimitación jurídica.
Existían tratados, actas, mojones y replanteos.
El conflicto apareció precisamente al intentar ejercer físicamente los derechos que España entendía derivados de esa frontera.
SIDI GUARIACH / LA PURÍSIMA
En 1893 el Gobierno español decidió continuar la construcción de nuevas fortificaciones en el campo exterior de Melilla.
Uno de los puntos elegidos se encontraba en las proximidades de Sidi Guariach, lugar de profundo significado religioso para las poblaciones musulmanas de la zona.
Allí existían un cementerio y el morabito asociado a un santón muy venerado.
La cuestión era especialmente delicada.
La documentación histórica indica que, al realizarse años antes la delimitación del territorio, se había procurado dejar el cementerio y la tumba de Sidi Guariach del lado marroquí.
El problema, por tanto, no consistía simplemente en que España pretendiera ocupar un cementerio musulmán.
La disputa se centraba en la proximidad de la nueva fortificación, Fuerte de La Purísma, y en las consecuencias que su construcción podía tener para aquel espacio religioso.
Los representantes de las cabilas protestaron.
Pidieron que el fuerte se levantara en otro emplazamiento.
Las autoridades españolas consideraron, sin embargo, que el punto elegido respondía a necesidades militares y se encontraba dentro del territorio cuya soberanía correspondía a España.
Las obras ya habían provocado tensiones anteriormente y fueron paralizadas durante un tiempo. En septiembre de 1893 volvieron a comenzar.
El resultado fue inmediato.
Lo construido durante el día era destruido durante la noche.
Y muy pronto las herramientas fueron sustituidas por fusiles.
OCTUBRE DE 1893
A comienzos de octubre, varios miles de rifeños atacaron las posiciones españolas próximas a Melilla.
La Escuela Diplomática sitúa en torno a 6.000 hombres la fuerza que avanzó sobre los límites de la plaza el 3 de octubre.
La situación era grave.
La guarnición española era reducida para enfrentarse a una movilización de esa magnitud.
Durante las semanas siguientes se sucedieron ataques contra los fuertes exteriores y enfrentamientos de creciente intensidad.
El conflicto recibió varios nombres:
Guerra de Melilla. Guerra de Margallo. Guerra Chica.
Y, en determinados estudios, Primera Guerra del Rif.
Conviene no confundirla con las campañas mucho mayores del siglo XX.
Fue un conflicto territorialmente limitado.
Pero políticamente importante.
MARGALLO

El comandante general de Melilla era el general Juan García y Margallo.
Margallo conocía Marruecos.
Había participado precisamente en la Guerra de África de 1859-1860 y había sido condecorado por su actuación.
Tres décadas después se encontraba frente a un problema que procedía, en buena medida, de aquella misma guerra y de sus tratados.
El 28 de octubre de 1893, durante los combates desarrollados alrededor de Cabrerizas Altas, Margallo murió alcanzado por un disparo.
Su apellido quedó desde entonces unido al conflicto.
La muerte del comandante general transformó una crisis fronteriza en un problema nacional.
España comenzó a enviar refuerzos en gran número.
DE UNA GUARNICIÓN A UN EJÉRCITO
La respuesta del Gobierno fue crear un importante ejército expedicionario.
El mando recayó en el general Arsenio Martínez Campos, una de las figuras militares y políticas más experimentadas de la Restauración.
Las fuerzas enviadas llegaron a alcanzar aproximadamente los 20.000 hombres, cifra muy superior a la guarnición ordinaria de Melilla.
La llegada de aquella fuerza cambió el equilibrio.
Pero Martínez Campos entendió también que el problema no podía resolverse únicamente destruyendo posiciones rifeñas.
El adversario inmediato eran las cabilas.
El interlocutor seguía siendo el sultán de Marruecos, Hassan I (1873/1894).
Era necesario volver a negociar.
Y nuevamente aparecieron los tratados de 1859 y 1860.

5 DE MARZO DE 1894: WAD-RAS REGRESA
El 5 de marzo de 1894, España y Marruecos firmaron un nuevo convenio.
Su título merece atención:
Convenio entre España y Marruecos para el cumplimiento de los Tratados vigentes entre ambos países en la parte referente a Melilla, firmado el 5 de marzo de 1894. Publicado en la Gaceta de Madrid de 14 de junio de 1894.
https://www.boe.es/gazeta/dias/1894/06/14/pdfs/GMD-1894-165.pdf?utm_source=chatgpt.com
No se estaba creando de cero un nuevo régimen fronterizo.
Se estaba intentando hacer cumplir el anterior.
El propio preámbulo declara que su finalidad era dar efectividad a los artículos de los tratados vigentes sobre Melilla que todavía no habían sido cumplidos correctamente y evitar la repetición de los acontecimientos de octubre y noviembre de 1893.
Treinta y cuatro años después de Wad-Ras, sus disposiciones seguían siendo invocadas expresamente.
EL SULTÁN VUELVE A ASUMIR RESPONSABILIDADES
El convenio de 1894 obligó al sultán a castigar a los responsables de los ataques.
Pero hizo algo más significativo.
Para dar cumplimiento al artículo sexto del Tratado de Wad-Ras, Marruecos se comprometía a mantener permanentemente en las inmediaciones de Melilla:
un caíd y un destacamento de cuatrocientos soldados marroquíes.
El objetivo era evitar nuevas agresiones de las cabilas contra la plaza española.
Y el acuerdo extendía disposiciones similares a:
Chafarinas; Peñón de Vélez de la Gomera; Alhucemas.
Y también a Ceuta.
Resulta difícil encontrar una demostración más clara de continuidad jurídica.
El conflicto de 1893 no invalidó Wad-Ras. Lo reactivó.
OTRA INDEMNIZACIÓN
Marruecos tuvo que afrontar además una nueva compensación económica.
El convenio fijó una indemnización de:
cuatro millones de duros, equivalentes a veinte millones de pesetas.
Debía compensar los gastos ocasionados al Tesoro español por los acontecimientos de 1893.
Otra vez aparece una secuencia conocida:
incidente fronterizo; intervención militar española; negociación con el sultán; indemnización; nuevas garantías.
La diferencia es que esta vez no hubo una campaña hasta Tetuán.
España disponía ya de una frontera internacionalmente pactada y reclamaba el cumplimiento de los acuerdos existentes.
EL CEMENTERIO DE SIDI GUARIACH
El convenio de 1894 trató también específicamente la cuestión que había contribuido a provocar la crisis.
Se acordó delimitar de manera más precisa la zona neutral y mantener del lado marroquí el cementerio y los restos de la mezquita de Sidi Guariach.
De nuevo, el problema no era sólo militar.
Era cartográfico; Jurídico; Religioso y político.
La frontera trazada décadas antes necesitaba seguir siendo interpretada y materializada.
Esta historia demuestra hasta qué punto resulta insuficiente imaginar las fronteras como una raya establecida una vez para siempre.
Cada mojón debía ser reconocido.
Cada fuerte debía tener una posición jurídicamente defendible.
Cada modificación del terreno podía convertirse en motivo de conflicto.
UNA CONTINUIDAD QUE LLEGA HASTA HOY
Hay un documento contemporáneo especialmente significativo.
En 2022, el Gobierno de España, presidencia de Pedro Sánchez, respondió en el Congreso a una pregunta parlamentaria sobre las fronteras terrestres de Ceuta y Melilla.
Para explicar la base histórica de la actual frontera de Melilla enumeró expresamente:
el Convenio de 1859; Wad-Ras de 1860; el Tratado de Madrid de 1861; la demarcación de 1862; el acuerdo de señales de 1863; el replanteo de 1891; y el convenio de 1894.
Es decir, no estamos examinando documentos que únicamente tengan interés para un museo.
Forman parte de la genealogía jurídica con la que el propio Estado español explica todavía hoy su frontera.
PERO EL RIF ESTABA CAMBIANDO
Después de 1894 el problema adquirió progresivamente otra dimensión.
Hasta entonces, las disputas habían girado principalmente alrededor de la seguridad inmediata de Melilla y del cumplimiento de los límites.
A comienzos del siglo XX apareció un nuevo factor:
Europa quería Marruecos.
Francia avanzaba desde Argelia.
Gran Bretaña defendía sus intereses estratégicos.
Alemania comenzó a intervenir cada vez con mayor fuerza en la cuestión marroquí.
España trataba de preservar su posición histórica en el norte.
Y el sultanato se encontraba sometido a una creciente presión política, financiera y militar. Las relaciones entre Melilla y las cabilas ya no podían aislarse de esa competición internacional.
El Rif contenía además otra riqueza capaz de transformar por completo el problema: minerales.
EL HIERRO DEL RIF
A comienzos del siglo XX aumentó el interés europeo por los yacimientos minerales de los alrededores de Melilla.
Empresas españolas y extranjeras obtuvieron concesiones para explotar minas y construir infraestructuras.
Era necesario transportar el mineral hasta el puerto.
Aparecieron caminos. Ferrocarriles. Trabajadores europeos. Capital extranjero.
Y nuevas penetraciones en territorios que las cabilas consideraban propios.
Después de la Conferencia de Algeciras de 1906, Melilla adquirió todavía mayor importancia como punto de penetración económica en el Rif. La historiografía militar española señala que agentes y compañías europeas buscaron acuerdos con caídes locales para acceder a los recursos mineros.
La frontera dejaba de ser únicamente defensiva.
Ahora detrás de ella aparecía un interés económico considerable.
9 DE JULIO DE 1909
El nuevo conflicto comenzó con un ataque contra trabajadores del ferrocarril minero.
El 9 de julio de 1909, rifeños atacaron a los obreros que trabajaban en las proximidades de Melilla.
Murieron cuatro trabajadores y otro resultó herido.
Madrid ordenó intervenir.
Las tropas españolas salieron de las posiciones de Melilla.
Comenzaba una nueva campaña.
Pero esta vez el contexto era completamente distinto del de 1893.
España ya no actuaba solamente para proteger el perímetro definido en los tratados del siglo XIX.
Entraba progresivamente en el territorio rifeño.
EL BARRANCO DEL LOBO
La campaña de 1909 quedaría marcada por un nombre:

Barranco del Lobo.
El 27 de julio, fuerzas españolas que operaban en las estribaciones del Gurugú fueron atacadas en un terreno extremadamente difícil.
La jornada produjo numerosas bajas y causó una profunda impresión en España.
La documentación militar conserva abundantes testimonios de aquel combate, que obligó incluso a improvisar hospitales en Melilla ante la llegada masiva de heridos.
El Barranco del Lobo demostró algo que España tendría que aprender nuevamente años después:
el Rif era un territorio extraordinariamente difícil para un ejército convencional.
Las cabilas conocían el terreno.
Combatían desde posiciones dominantes.
Disponían cada vez de mejor armamento.
Y podían convertir cualquier avance español en una operación costosa.
Lo sucedido en 1909 anticipaba problemas mucho mayores.
DE MELILLA AL PROBLEMA MARROQUÍ
Aquí debemos detener nuestra narración militar.
Si siguiéramos cada combate, cada posición y cada columna, perderíamos el hilo central de este ensayo.
Lo importante es comprender la transformación.
En 1859, España reclamaba seguridad para una plaza.
En 1893, defendía una frontera ya delimitada mediante tratados.
En 1909, empezaba a intervenir militarmente fuera de esa frontera inmediata en un Rif convertido simultáneamente en espacio estratégico, económico e internacional.
Y mientras España combatía alrededor de Melilla, las grandes potencias estaban decidiendo el futuro de Marruecos.
Estamos entrando en la cuestión marroquí europea.
DE WAD-RAS A ALGECIRAS
Y aquí aparece una de las paradojas de nuestra historia.
España había derrotado militarmente a Marruecos en 1860.
Pero medio siglo después no podía decidir por sí sola el futuro del país vecino.
Francia era ya la potencia dominante en el norte de África.
Gran Bretaña controlaba Gibraltar y conservaba intereses fundamentales en el Estrecho.
Alemania estaba dispuesta a desafiar la creciente influencia francesa.
Italia tenía sus propios objetivos mediterráneos.
Y Marruecos había pasado de sufrir una derrota militar frente a España a convertirse en objeto de una competición internacional entre las principales potencias europeas.
En esa transformación, Wad-Ras ocupa un lugar importante.
No porque condujera inevitablemente al Protectorado. Sino porque fue una de las primeras demostraciones decisivas de que el sultanato tenía enormes dificultades para resistir simultáneamente:
presión militar; deuda exterior; penetración económica; intervención diplomática europea.
La siguiente etapa ya no puede explicarse sólo desde Madrid y Tánger.
Debemos sentar en la mesa a París, Londres y Berlín, en la Conferencia de Madrid de 1880 hasta la Conferencia de Algeciras de 1906.
Allí comenzó a decidirse qué quedaría realmente de la independencia marroquí y qué papel se reservaría España en el reparto de influencias que conduciría, finalmente, al Protectorado de 1912.
